Eso. A qué viene ese afán de todos nosotros de escribir constantemente sobre cuestiones metafísicas: ¿Por qué me pica y me rasco? ¿Quién estaba dentro de Espinete? ¿Cómo copulan las mantis? ¿A qué huelen las nubes? ¿Fue antes el huevo o la gallina? ¿Nesquik o ColaCao?

¿Por qué nos abordan estas dudas existenciales en cualquier sitio? Desayunando, en la ducha, en el retrete, sacando al perro, firmando una compra con tarjeta, haciendo el sudoku, en la fila del supermercado, en casa de la vecina mientras le pedimos azúcar...

Y lo peor: ¿Por qué no nos abandonan? ¿Por qué son tan insistentes? ¿Por qué hay que cuestionarlo todo? ¿Por qué hay que ser tan pedante y relamido las 24 horas del día?

Yo sé la respuesta: porque no tenemos otra cosa más importante que hacer. Las dudas existenciales implican partir de todas las necesidades cubiertas.

Puede irte mal en el trabajo, puedes cortar con tu pareja, puedes tener ciento ocho asignaturas para septiembre, puedes partirte un hueso esquiando, puedes perder la cartera... Pero tienes una casa, una familia, ropa limpia, tus cuatro comidas diarias, un coche, un móvil, un ordenador, conexión a Internet, amigos, una calle asfaltada, un parque, una cuenta en un banco, la Seguridad Social, agua corriente, luz...

Vivimos en una permamente comodidad. Así, entre nuestras acogedoras cuatro paredes, sentados en nuestra sillita mullidita, delante de nuestro PC, conectados con todos los demás traseros cómodos del mundo, podemos plantearnos qué infinita es la distancia entre nosotros y Alfa-Centauro, qué habrá sido del Ginkgo biloba salvaje o qué consecuencias morales tiene para la humanidad decirle "no" al vendedor de enciclopedias.

Y esto es, lo siento, muy patético, e implica que, exactamente mientras yo escribo o vosotros leéis, miles de mujeres estén siendo violadas, miles de niños estén recibiendo una paliza de sus padres, miles de hombres estén siendo apaleados por el color de su piel, miles de familias estén muriendo miembro a miembro por beber agua contaminada, miles de aldeas estén siendo arrasadas por las guerrillas, miles de bebés intenten calmar el hambre y la sed mamando de los pechos secos de sus madres.

¿Por qué una persona no puede hacerse preguntas existenciales cuando sus hijos llevan dos semanas sin comer? ¿Por qué una persona no puede hacerse preguntas existenciales cuando unos encapuchados han degollado a su familia? ¿Por qué una persona no puede hacerse preguntas existenciales cuando el convoy con medicinas no llega y el sida le devora las entrañas? ¿Por qué una persona no puede hacerse preguntas existenciales cuando lo único que puede ver desde el tragaluz del sótano es el fuego inextinguible de la guerra?

Muchas personas no tienen absolutamente nada; por no tener no tienen ni esas estúpidas dudas existenciales de las que hablamos constantemente: ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿De dónde vengo? Y eso qué coño le importa a un hombre que ha abatido un elefante para vender su marfil por un par de sandalias para un hijo y un saco de arroz y tras ser capturado espera pacientemente su ejecución. Las preguntas están fuera de lugar cuando hay cientos de cuerpos hinchados flotando en un agua sanguinolenta y detrás de un árbol hay un huérfano llorando sin consuelo. Cuando tienes tu casa, tu familia está a salvo y acabas de comerte un buen bistec con una ensalada fresca y de postre un enorme melocotón, puedes permitirte el lujo de leer a Shakespeare sentado en el sofá: "Hay más cosas, Horacio, en el cielo y en la Tierra, de las que sueña tu filosofía".

Es imposible no sentirse culpable, no sentirse parte activa de la tragedia. Sabemos que para tener un ordenador de mil euros en casa sólo hace falta que un niño de siete años trabaje de sol a sol en la oscuridad de una mina. Sabemos que para lucir unos vaqueros de cincuenta euros sólo hace falta que un hombre esté siendo torturado mientras la dependienta nos pasa la tarjeta. Sabemos que para ir a la Universidad y saltarse una hora (total, ya me dejarán los apuntes) sólo hace falta que un desprendimiento de tierra sepulte vivos a todos los habitantes de un poblado.

Te despiertas por la mañana: "¡Jopetas qué día tan triste! Está lloviendo, no me apetece ir a clase, ¿por qué la vida es tan dura? ¿Por qué no me quiere Paquito?", mientras, en el otro hemisferio es de noche y miles de personas temen por sus vidas o las de sus seres queridos: un tifón de fuerza 4, un seísmo de intensidad 7.5, un volcán escupiendo toneladas de ceniza ardiente a cientos de kilómetros por hora y el tiempo para la huída se desvanece, igual que los helicópteros.

Algo tan sencillo como vestirse: "Yo jamás he usado ropa de marca, no entiendo como alguien puede gastarse cuatrocientos euros en una camisa o en un vestido". Pero en toda nuestra ropa siempre pone: "Made in Taiwán", "Made in China", "Made in Corea". ¿Por qué nunca pone: "Hecho con el sudor de un niño de 11 años", "Hecho por cincuenta céntimos, vendido por sesenta euros"?

Todo lo que hacemos y lo que no, todo lo que decimos y lo que no, todo lo que pensamos y lo que jamás acertaremos a pensar, puede ser utilizado en nuestra contra. No deberíamos tener derecho a un abogado. No merecemos un juicio justo, tan justo como la oportunidad que le negamos desde nuestra casa a una familia etíope de sobrevivir con la décima parte de lo que nos cuesta la línea ADSL cada mes.

Para que nosotros tengamos nuestros manjares, ¿cuántas migajas dejamos al otro lado? Para tener nuestros vestidos, ¿cuántas personas desnudas hacen falta? Para beber nuestra cerveza y nuestro vino, ¿con cuánta agua negra debe anegar sus tierras todo un pueblo? Para escribir sin mirar el teclado, ¿cuántos niños no deben saber jamás qué es una escuela?

No sabemos renunciar. No hemos asumido el verdadero valor de las cosas. Todo tiene su precio. Absolutamente todo. Podemos hablar de "si en el mundo sólo hubiera bondad...", "si los políticos no fueran tan egoístas...", "si el reparto de los bienes fuera equitativo...", pero todo tiene su precio. ¿Renunciaré a la mejor carne y al mejor pescado para hacerle las papillas a mi hijo? ¿Renunciaré al agua caliente que se escapa del grifo para lavar a mi niño con el gel más suave y mejor perfumado? ¿Renunciaré a dejarle encendida la luz de noche para que duerma sin miedo? ¿Renunciaré a comprarle los juguetes que se le encaprichen y que le pida a Papá Noel para Navidad? ¿Renunciaré a sus vacunas o a su médico cuando la fiebre lo haga llorar? No hará falta renunciar a esas cosas mientras otros padres renuncien a un cuenco de arroz, al agua potable, a los medicamentos contra el cólera, a la escolarización de sus hijos...

Cuanto más tenemos aquí, menos tienen en otro lugar. Y de nada sirve decir: "Yo no gasto tanto, yo no compro tanto, yo no tengo tanto, yo doy limosnas, yo voy a misa, yo creo en Dios". Lo parezca o no, con lo que en nuestra vida es mínimo, con lo que no nos parece nada (abro el grifo y sale agua limpia, me voy a la cama, abro la nevera, leo un libro, pico un trozo de jamón), ya le estamos robando a un ser humano una vida digna, ya le estamos dejando morir en alguna parte.